Sant Donís, el día de los enamorados valencianos: la historia de un obispo de París y la mocadorà

David Esteve Pastissería. Ganadores del Concurso de Sant Donís 2026 en Valencia a la mejor Mocadorà.

Hoy coinciden el Día de la Comunitat Valenciana, el santoral y una tradición dulce con siglos de historia. Repasamos de dónde viene la mocadorà, quién fue en realidad el santo y qué papel juega Alicante en una fecha que nació en Valencia

Hubo un día en que alguien anudó un pañuelo lleno de frutas y hortalizas de la huerta para ofrecérselo a un rey y a su reina. Nadie sabe con certeza quién fue, ni si ocurrió exactamente así, pero casi ocho siglos después Valencia sigue repitiendo el gesto, ahora con mazapán y con un mensaje de promesa.

Cada 9 d’Octubre, festivo este año en viernes y con el lunes 12 por delante para alargar el puente, se conmemora la entrada de Jaume I en la ciudad de Valencia y Sant Donís, y los enamorados valencianos se regalan la mocadorà, el pañuelo anudado que guarda figuras de mazapán. Este año la efeméride tiene además una resonancia añadida: se cumplen 750 años de la muerte del Conqueridor, ocurrida en 1276.

Una ciudad rendida y un santo del calendario

El 9 de octubre de 1238, tras la capitulación de la ciudad musulmana, Jaume I entró en Valencia, un hecho que se considera el arranque del Reino de Valencia. Aquel día el santoral recordaba a San Dionisio, y esa coincidencia, más que una devoción profunda, es el hilo que ata al santo con esta tierra.

La conmemoración echó raíces pronto. El primer centenario se celebró en 1338, y la procesión cívica que aún hoy recorre Valencia con la Reial Senyera hunde su origen, según recoge la historiografía, en un privilegio de Pere el Cerimoniós de 1365. El Día de la Comunitat Valenciana tal y como lo conocemos es, en cambio, mucho más joven: en 1976 las fuerzas políticas y sindicales lo proclamaron Día Nacional del País Valencià, lo asumió en 1977 el plenario de parlamentarios y el Estatuto de Autonomía de 1982 lo convirtió en fiesta oficial.

Saint Denis, Patrón de París y Francia

Resulta que el patrón de los enamorados valencianos tiene una biografía poco sentimental. Dionisio de París fue, según la tradición, el primer obispo de la ciudad, llegado de Roma hacia mediados del siglo III para evangelizar la Galia. Murió mártir, decapitado junto a sus compañeros Rústico y Eleuterio en la colina que desde entonces se llama Montmartre, el «monte de los mártires». La leyenda medieval añade el prodigio: se levantó, recogió su cabeza y caminó varios kilómetros hasta el lugar donde después se alzó la basílica de Saint-Denis, durante siglos panteón de los reyes de Francia. Es patrón de París y de Francia.

Su fama tuvo, además, un enredo curioso: durante siglos se le confundió con Dionisio Areopagita, el discípulo de San Pablo que fue obispo de Atenas, una mezcla que se atribuye a la propaganda del abad Suger en el siglo XII. Nada en su historia apunta al amor. Que Valencia lo haya convertido en su cupido es obra de la costumbre, no de la hagiografía, y quizá por eso resulta tan nuestro.

La mocadorà: un dulce con doble sentido

La mocadorà o mocaorà (de mocador, pañuelo en valenciano) es un regalo con gramática propia. Tradicionalmente lo ofrece él a ella: un pañuelo, a menudo de cuadros blancos y azules, que envuelve figuritas de mazapán con forma de frutas y hortalizas de la huerta valenciana junto a dos piezas inconfundibles, la piuleta y el tronador. Son la réplica dulce de los petardos que durante siglos estallaron en la fiesta, y sus nombres, como bien saben los valencianos, esconden un guiño pícaro que nadie finge no entender.

La mocadorà es también, desde hace generaciones, un lenguaje de noviazgo. Tradicionalmente el obsequio marcaba el compromiso y las intenciones de futuro de la pareja, y hubo quien aprovechó la fecha para pedir la mano de la novia escondiendo el anillo de boda dentro del pañuelo. Con los años, la costumbre añade otra capa: según la tradición, muchas mujeres guardan los pañuelos que su pareja les regala cada octubre, desde el noviazgo y durante el matrimonio, de modo que el número de mocadors acumulados mide, de forma tangible, los años que la pareja lleva junta.

Sobre su origen conviven varios relatos. Uno cuenta que, cuando Jaume I entró en la ciudad, se le ofrecieron frutas y hortalizas de la huerta envueltas en un pañuelo; las versiones difieren sobre quiénes fueron los oferentes, desde los musulmanes vencidos hasta los vecinos, y sobre si el obsequio iba dirigido al rey o a su esposa, Violante de Hungría. Otro, el más repetido, sostiene que tras la Guerra de Sucesión y los Decretos de Nueva Planta, que abolieron los fueros valencianos en 1707, se prohibieron los petardos del 9 d’Octubre, y que los confiteros respondieron imitándolos en mazapán.

Lo que sí está documentado es que la costumbre de los dulces en torno al 9 de octubre ya existía en el siglo XVIII. El resto pertenece al terreno de la tradición, que a veces pesa más que las evidencias.

Hoy es un pequeño sector económico. Según una estimación del Ayuntamiento de València, cada año se emplean más de 70.000 kilos de mazapán para elaborar unas 200.000 mocadoràs. Hace unos días el Gremio de Panaderos y Pasteleros de València falló la 45.ª edición de su concurso de Sant Donís, en el que David Esteve Pastisseria se llevó el primer premio a la mejor mocadorà y a la mejor ornamentación comercial.

Alicante, la provincia que llegó después

Hay una paradoja que conviene recordar este día: Alicante no estaba en el Reino de Valencia que nació en 1238. El Tratado de Almizra, firmado el 26 de marzo de 1244 en el actual Campo de Mirra, fijó la frontera con Castilla en la línea Biar-Busot-El Campello, y todo lo que quedaba al sur se reservó a la Corona castellana. Alicante fue conquistada en 1248 por las tropas del infante Alfonso, futuro Alfonso X, y permaneció bajo soberanía castellana durante 48 años, hasta que en 1296 Jaume II de Aragón avanzó hacia el sur. Las sentencias de Torrellas (1304) y de Elche (1305) fijaron después la frontera definitiva: el Campo de Alicante, el Vinalopó y la Vega Baja quedaron integrados en el Reino de Valencia.

Dicho de otro modo, la provincia celebra una fecha que sus tierras no vivieron, y la hizo suya con el tiempo. Hoy la ciudad lo expresa a su manera: la jornada arranca con la «dansà» popular, que sale de la Explanada a la altura de la Plaza del Mar y llega hasta la Concha con los grupos de danzas Cresol y Postiguet, la colla de nanos i gegans y dolçainers i tabaleters de la Federació de Folklore d’Alacant. A las 12.00 horas, la Banda Sinfónica Municipal ofrece en la Plaza del Ayuntamiento un concierto conmemorativo de entrada libre. La víspera hubo taller de danses y lectura del Tirant lo Blanch. En la provincia, localidades como El Campello han celebrado la fecha con una escenificación infantil de la entrada de Jaume I y su propia mocadorà.

Un gesto pequeño

Quizá lo más sugerente de Sant Donís sea su manera de entender la memoria. Los pueblos no suelen conservar su identidad solo en los grandes documentos, sino en gestos domésticos: una receta, un nudo en un pañuelo, un dulce con forma de petardo. Si la historia de los confiteros burlando una prohibición es verdad, es una lección de ingenio; si es leyenda, es la prueba de que a los valencianos les gusta imaginarse así. En ambos casos, la tradición sobrevive porque alguien, cada octubre, vuelve a anudar un pañuelo.

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